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DIARIO DEL VOLUNTARIO 

SEMANA 4

No podíamos irnos sin antes dejar que los niños fueran los que nos enseñaran sus juegos y canciones. Nuestros últimos días en Lumbo fueron de bailes, canciones en makua y  muchísimas risas. Además de unos cuantos juegos autóctonos que nos llevamos en la maleta. Nos despedimos de ellos muy a nuestro pesar, mientras sus caras desilusionadas reflejaban la decepción de nuestra partida. No habría más juegos por las tardes, ni más globos, ni más bolas. No habría más “Serruchos” ni “Macarenas”.

A primeros de semana ultimamos las cosas pendientes que nos quedaban; todo tenía que quedar listo antes del martes y, asombrosamente, así fue. Pero la suerte es pasajera y si por algo se ha caracterizado esta semana ha sido por las dificultades varias, los cambios de planes, las eternas esperas, las dudas e incertidumbres que han sobrevolado cada cosa que nos proponíamos.

El miércoles nos dispusimos a visitar Nacala y Nacuxa, invitados por los responsables de los proyectos que allí se desarrollan. Tras comprometernos con ellos, el viaje estuvo a punto de irse al traste. No todo iba a ser tan fácil como parecía, ni mucho menos iba a acabar ahí… Allí recopilamos información muy valiosa de la zona y de la forma de actuar y proceder, sirviéndonos de gran ejemplo para nuestros proyectos y llenándonos de ideas y propuestas futuras. Siempre es positivo conocer y aprender de aquellos que trabajan y viven aquí, ya que lo que han conseguido, sin duda, no es fácil.

La semana nos deparaba aún más cambios y nuestro viaje a Nampula se adelantó. Las cosas de la vida, y de Mozambique, nos hicieron recoger y hacer las maletas deprisa y corriendo; hablar con nuestras anfitrionas, presentes y futuras; para luego, volver a quedarnos tirados el día de nuestra salida. Afortunadamente tuvo solución y conseguimos llegar a Nampula incluso antes de lo previsto.

No fue la despedida deseada, no queríamos habernos ido de Lumbo tan a la carrera, casi sin decir adiós, con el estrés y el agobio instaurados en nuestras cabezas. Pero la realidad apremia, y la confianza y las responsabilidades aquí no están a la orden del día.

Ya en Nampula, el icónico “PAZ Y BIEN” franciscano nos recibió en nuestro nuevo hogar. Se acabó pasear por las calles que ya conocíamos, ver el sol levantarse por el mar o la libertad de nuestra casita; ahora tocaba convivir con las Hermanas, vivir entre calles desconocidas anegadas de polvo y agua; con mil baches, cuestas y basura; ahora tocaba, por fin, “escolinha de manhã”.

Una vez aquí, con la cabeza más despejada y ya instalados, esperamos poder dedicar esta semana próxima a colaborar en la escuelita. Tenemos ganas de jugar y “brincar” con los alumnos, conocer la labor de los profesores y aportar nuestro pequeño granito de arena en su formación. Esperemos que así sea, porque cada granito que aportemos, nos habrá costado mucho esfuerzo, sudor y desvelos.