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DIARIO DEL VOLUNTARIO 

SEMANA 3

Las cosas por hacer se nos amontonan. Las horas de sol no dan para más, y en nuestras planificaciones para cada día siempre tenemos que dejar algo fuera. Reuniones, presupuestos, visitas, tareas, idas y venidas… no creemos que queden muchas más puertas por abrir, ni muchos más contactos por hacer.

Por fin acabaron las malditas (para nosotros) “ferias”. Ahora, en cualquier momento del día nos cruzamos con adolescentes uniformados, con grupos de chavales esperando para entrar a clase, o charlando después de haber salido. Parece que todo tiene más vida. La infinidad de jóvenes y niños que hay aquí hace que, a cada paso, nos encontremos con estudiantes de todas las edades.

El ritmo del comedor ha cambiado, aquella avalancha humana que se producía desde el principio de la mañana ahora tiene que esperar hasta que acaben las clases.

Aun así, siguen siendo muchos los niños que no van a la escuela. Ya sea por pasotismo, por cuidar a sus hermanos, por falta de interés o por cualquier motivo que se les ocurra, son todavía muchos los que continúan a corretear por las calles sin intención alguna de ir a la “escola”, rehusando a contestar a nuestras preguntas y haciéndose los locos cuando les hablamos de aprender, el futuro y demás palabras que, para ellos, carecen de significado.

Horarios ridículos, escuelas vacías, profesores ausentes o instalaciones nada preparadas para la enseñanza hacen imposible la educación escolar. Solo aquellos afortunados estudiantes de secundaria que han llegado a comprender la importancia de esto, o los pequeños asistentes a escuelas financiadas gozan de una educación de mayor calidad y pueden permitirse mirar al futuro con mayor ambición y confianza.

Con algunos de estos alumnos compartimos las mañanas y las tardes. Hablamos y jugamos con el equipo de vóley de la Escuela Secundaria de Lumbo. Chicos y chicas con ganas de divertirse, de compartir, de jugar; y sacrificados para conseguir aquello que quieren. También con los peques de una escolinha externa y sus profesoras, mujeres formadas para su labor y con gran cariño y devoción por su trabajo. Un ejemplo de lo que debe ser la educación infantil, y un modelo a seguir para los demás centros infantiles de la zona.

Las 16:00 es la Hora H; la hora a la que quedamos con los niños en la explanada de la escuela para jugar y hacer actividades con ellos. Una jauría de niños nos espera, vitorea nuestros nombres mientras nos acercamos y nos piden, una y otra vez, un balón con el que jugar. Más de 100 niños nos desborda, forman un caos imposible de frenar. Conseguimos separarlos por edades para hacer grupos más accesibles, pero, aun así, se hace complicado controlar a tantos. Intentamos inculcarles rutinas, formas de trabajar, modales y respeto. Empiezan a saber que no todo vale y, como un oasis en el desierto, algunos días conseguimos volver a casa satisfechos por cómo se ha desarrollado la tarde. No es ni fácil. Ni frecuente.

Nuestro trabajo en las escolinhas sigue siendo la espina clavada. Las semanas y los días pasan, y seguimos teniendo problemas incluso para poder ir a verlas. En los próximos días esperamos poder visitar más y saber de primera mano, cuáles son los motivos por los que se nos ha hecho imposible trabajar aquí. Pero Nampula nos espera a la vuelta de la esquina. En una semana estaremos allí con todas las ganas del mundo y dispuestos a trabajar en lo que nos propusimos antes de viajar.

Tenemos una semana por delante para cerrar todo lo que hemos ido abriendo, para mover los últimos hilos en la Ilha, para hablar con todos aquellos que tenemos aún pendientes y para avanzar en nuestra batalla personal de cada tarde. Afrontamos nuestros últimos días en Lumbo con muchas cosas todavía por hacer, pero con la seguridad de haberlo dado todo, de haber intentado ayudar en lo máximo posible, de haber creado posibilidades y reconocimientos por todo el mapa, y con la satisfacción de que, tanto niños como mayores, ya identifiquen nuestras caras y nuestra dedicación con AMUSI.